Un, dos, tres: el estudio de baile que encontró su ritmo en Phoenix

Bart Valenzuela comenzó con una clase diaria y un solo alumno. Seis años después, Moonlight Dance reúne a una comunidad que aprende a bailar a pesar de “los dos pies izquierdos”. Foto: Daniel Robles/Conecta Arizona.
Bart Valenzuela prende las luces, mira los espejos, se alisa la ropa, checa sus zapatos y, con calma, espera a que ese lugar en donde ha dejado el alma cobre vida. La música empieza antes de que llegue la gente; a veces es una cumbia, otras es salsa y en muchas ocasiones un vals.
En unos minutos entrarán parejas nerviosas, señoras que dicen que nunca han bailado, quinceañeras y personas que han recurrido al baile como una terapia después de una larga semana. Así, entre el uno, dos y tres, se redescubren en esos movimientos que a veces les vienen de herencia y otros de lección. Y ahí, con las piernas temblando y un tacón martillando el suelo, todo tiene sentido.
El estudio se llama Moonlight Dance. No nació desde la perfección sino de la pasión de Valenzuela, que lo fue armando como si fuera coreografía: un paso aquí y otro allá.

“No tenía luz, no tenía espejos, no tenía piso. Era nada más el espacio”, dice sobre el local que encontró durante la pandemia. Antes era un estudio de yoga. La maestra tuvo que retirarse y él vio una oportunidad donde otros podían ver un cuarto vacío.
“Dije: ‘Este es mi lugar y de aquí soy’”.
Valenzuela nació en Atascaderos, Chihuahua, en el municipio de Guadalupe y Calvo, en México. Llegó a Phoenix hace 20 años. Su hermana ya vivía aquí y él decidió seguirla. El baile, sin embargo, ya venía con él.
“Desde que tenía seis años empecé a bailar en México”, cuenta. Participó en festivales escolares, celebraciones del 10 de mayo y graduaciones. Después incursionó en el folclor mexicano durante la secundaria y la preparatoria.
“Mi hermana fue como mi inspiración para que yo empezara a bailar folclor mexicano. Después ella paró de bailar, pero yo seguí porque fue algo que me apasionó”, relata Valenzuela.
En Phoenix pasó 12 años con la compañía Fiesta Mexicana. Después llegó al baile de salón y trabajó seis años en Fred Astaire. Ahí entendió que la danza también podía ser su forma de vida.
“Cuando empecé a trabajar en Fred Astaire era mi trabajo real, mis 40 horas”, recuerda Valenzuela.
Luego llegó el COVID. Y, con él, la pregunta que muchos se hicieron cuando su empleo o su rutina dejó de estar garantizada: ¿ahora qué?
La pandemia cambió el ritmo.

Con los salones cerrados y la incertidumbre encima, Valenzuela se preguntó: “¿Por qué no abro mi propio estudio?”. Así nació su compañía en 2020.
Empezó con un solo alumno y una hora diaria. No había una fila de clientes ni una fórmula para saber si funcionaría. Lo que sí había era facturas, competencia y un negocio que todavía no tenía forma.
“Lo más difícil, cuando abrí Moonlight, primeramente, fueron los clientes”, cuenta. “Después me empecé a mover y juntar el dinero para pagar la renta, porque la renta no se paga sola”.
La competencia tampoco era menor. En el área metropolitana de Phoenix hay más de 60 estudios de baile, de acuerdo con directorios del sector. En medio de esa oferta, Moonlight Dance tuvo que encontrar su propia clientela.
Valenzuela entendió pronto que hacer bien lo que uno ofrece no es garantía de un negocio exitoso. El proceso no es tan romántico como los boleros ni tan excitante como alguna coreografía popular de reguetón.
“Yo toda mi vida he bailado, pero todo lo que se trata de administración, contabilidad y cómo correr un negocio, pues yo no tenía la capacidad”, admite.
En Arizona hay más de 700,000 pequeños negocios, que generan más de 1.2 millones de empleos y representan cerca de 43% de la fuerza laboral privada del estado. Pero detrás de esas cifras hay personas que dominan un oficio y aun así deben aprender a navegar permisos, renta, clientes, impuestos, presupuestos y competencia.
Para los empresarios latinos, el reto también se mide en acceso. En 2020, los latinos representaban 34% de la fuerza laboral de Arizona, pero eran dueños de 8% de las empresas del estado que tenían al menos un empleado. Había alrededor de 9,000 negocios latinos con empleados en Arizona.

En Fuerza Local encontró una red para entender esa parte del emprendimiento que menos le atraía. Sabía que podía vivir del baile, pero también que, sin cuentas claras y orientación, el sueño podía quedarse corto. No quería quedar en números rojos con esos sueños que lo habían impulsado ya tan alto.
A través del programa en español de Local First Arizona encontró acompañamiento, capacitación y conexiones con otros emprendedores locales. “Fue donde aprendí a dónde tenía que ir, con las personas correctas, para llevar la contabilidad, para cómo correr un negocio”, dice. “Cada vez que voy, me capacito, conozco gente. Soy como una esponjita: absorbo, absorbo, absorbo”.
Moonlight Dance se fue haciendo también con la comunidad latina de Phoenix. Valenzuela encontró una diferencia importante frente a otros estudios: podía enseñar en español e inglés.
“Lo único que tenía yo a mi favor fue que hice un estudio bilingüe. Los demás no son bilingües”, explica. “Empecé a traer gente latina, gente latina, gente latina. Y gracias a Dios la gente latina me ha apoyado mucho”.
Hoy hay clases privadas, sesiones en grupo, coreografías para quinceañeras, bailes de boda, preparación para competencias y presentaciones. Los martes se baila cumbia y los jueves salsa, a las 7:00 de la noche. También se puede llegar con una idea específica: bolero, bachata, merengue, vals, country o cualquier canción que tenga una historia detrás.
“Viene el cliente y dice: ‘Quiero aprender a bailar un tango’. Entonces nos enfocamos en tango”, explica Bart.

Pero hay algo que se repite en las historias de quienes danzan en su estudio y que no tiene que ver con la técnica. Son las personas que llegan dudando. Las que vienen porque alguien las convenció. Las que aseguran que no coordinan, que ya se les pasó el tiempo o que no sirven para bailar.
“De aquí no ha salido nadie sin aprender a bailar”, dice. “Nunca es tarde para aprender a bailar”.
Habla de sus alumnas mayores con cariño. “Mis viejitas son siempre mi ejemplo de que la edad no es un impedimento para aprender a bailar”. Algunas comenzaron sin haber tomado una clase en su vida y ahora le dicen que quieren competir o presentarse en un show.
“Esa sonrisa que ellas tienen, esas ganas de aprender a bailar, eso me motiva para seguir enseñando”, exclama.
También están las parejas que llegan tensas antes de la boda. “Vienen con dos pies izquierdos o todos nerviosos, y luego los veo cuando bailan en sus bodas. Eso también me hace muy feliz”, cuenta.
En Moonlight Dance se aprende a contar los tiempos y a seguir una melodía. Pero también hay quienes llegan para recuperar confianza, salir de la rutina o hacer algo que habían dejado pendiente durante años. Valenzuela lo entiende porque lleva toda la vida bailando y porque tuvo que construir, poco a poco, el lugar donde ahora otros se animan a volver a empezar.
Bart Valenzuela y algunos detalles de Moonlight Dance, su estudio de baile en Phoenix. Fotos: Daniel Robles/Conecta Arizona


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