Comer juntos como acto de resistencia

Arte: Daniel Robles

➡️ Alejandra Bucon / Plumas Invitadas

Vivimos con el reloj encima, corriendo de un lado a otro. Hay que recoger a los niños, terminar pendientes del trabajo, pasar por la farmacia y, cuando por fin respiramos, ya se nos fue el día. La rutina nos consume, y casi sin darnos cuenta, en medio del ajetreo, dejamos de mirar a los ojos, de escuchar con atención, de compartir momentos reales con quienes más amamos. Nos volvemos adultos ocupados, cansados, y a veces incluso, solitarios.

Esta vida apresurada es una de las razones por las que ya casi no nos reunimos con familiares, amistades o vecinos. Y eso no es una coincidencia individual, es una tendencia colectiva que se extiende peligrosamente. En tiempos como estos, donde muchas familias son separadas por deportaciones, barreras económicas o simplemente el aislamiento social, necesitamos comunidades fuertes, resilientes y conectadas. Tal vez la respuesta esté en algo tan cotidiano como invitar a alguien a cenar. Comer juntos, en estos tiempos, se vuelve un acto de resistencia.

Cuando un plato de pozole nos une

Desde hace más de seis años he trabajado en la organización sin fines de lucro St. Vincent de Paul, donde la misión se enfoca en ayudar a la comunidad del centro y norte de Arizona a través de comedores de caridad, bancos de comida, albergues y clínicas médica y dental.

Arte: Daniel Robles

Ahí conocí a Guillermina Coria, una michoacana que emigró a Estados Unidos hace más de dos décadas. Es una voluntaria muy conocida en St. Vincent de Paul por su amor a la cocina. “El viernes voy a traer pozole”, dijo Coria. “Alguien me dijo que se le antojó, así que lo voy a preparar y traer para que lo prueben”.

No es sólo el amor por la cocina lo que la mueve. Guille, como le decimos de cariño, sabe que alimentar a otros es una forma profunda de cuidar. “Me gusta cocinar”, dijo Coria. “Siento como que estoy haciendo algo bueno para los demás”.

Un estudio de la Universidad de Oxford confirmó que compartir la mesa con otras personas nos hace sentir más felices y satisfechos con la vida.

Los investigadores analizaron datos de una encuesta nacional realizada por The Big Lunch, centrada en la relación entre comer en compañía y el bienestar emocional. Quienes acostumbran a comer con otras personas tienden a tener más amigos, sentirse más conectados con su comunidad y disfrutar de una mayor sensación de bienestar general.

Y aunque Guille habla más español que inglés, se comunica perfectamente a través de la comida. Mientras sirve un plato de pozole, alguien se lanza a probarlo, sólo para descubrir —con los ojos abiertos de sorpresa— que “¡está hot!” (caliente y picante). Pero ya es demasiado tarde: se ha quemado la lengua y enchilado. Risas, Coca-Colas heladas, y un nuevo lazo entre voluntarios y colegas que, antes de ese plato, apenas se conocían.

El pozole rojo de Guille “pica, pero pica rico”, y siempre llega con limón, repollo y una buena tostada. Y con este platillo, también llega una oportunidad de conexión humana.


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La desconexión que nos fragmenta

Desde los años 70, Estados Unidos ha visto un declive constante en la participación cívica y comunitaria. Espacios que antes eran pilares de la vida social —iglesias, sindicatos, clubes vecinales— han perdido fuerza. Esto se traduce en menos reuniones presenciales, menos voluntariado, menos interacción entre vecinos.

¿Las consecuencias? Muchas. Las comunidades se fragmentan, son menos capaces de actuar colectivamente, y son más vulnerables ante crisis como desastres naturales, pandemias y violencia. Además, al desaparecer estos espacios comunes, también se debilita la confianza entre vecinos y el sentido de pertenencia.

Un estudio de 2023, liderado por el cirujano general Vivek Murthy, advierte que la conexión social no depende nada más de la cantidad de relaciones, sino de su profundidad. Las relaciones significativas —con familia, amigos, colegas, vecinos— tienen un impacto directo en nuestra salud física, mental y emocional. Las comunidades con fuertes lazos sociales son más seguras, saludables y cohesionadas. La conexión humana es una necesidad vital.

Entonces, ¿por qué no convivir más seguido con nuestra comunidad, si eso beneficia a todos?

La convivencia entre vecinos rompe barreras

Mi esposo y yo compramos nuestra primera casa a principios de 2020 en un área histórica en el centro de Phoenix, y fue hasta finales de año que conocimos a nuestra vecina Mary McGeever, quien vive a cuatro casas de la nuestra. La conocimos el día que tocó a nuestra puerta para invitarnos a celebrar los resultados de las elecciones de 2020. Para mi sorpresa, no todos los vecinos que asistieron eran demócratas ni apoyaban al candidato ganador, pero no quisieron perderse la oportunidad de comer y beber gratis, especialmente junto a vecinos con los que la pasan bien.

“Nuestra comunidad es muy grande, así que empezamos invitando a los vecinos de la calle a que se reunieran afuera de nuestra casa para dar dulces a los niños en Halloween”, compartió McGeever. “Así fue como, poco a poco, comenzamos a conocer a los vecinos. Ya después, nos animamos a invitarlos a cenar y a tomar buenos cocteles”.

Es habitual que nos reunamos con quienes compartimos muchas cosas en común. Como latinos, solemos juntarnos con otros latinos. Pero, diversos estudios alientan a diversificar nuestras relaciones y conectar con personas que no se parecen tanto a nosotros. Los vínculos entre grupos distintos, ya sea por raza, edad, clase social o religión, actúan como puentes que expanden oportunidades y reducen prejuicios.

En estos tiempos, donde nos sentimos desconectados y donde la política nos ha polarizado, el simple acto de convivir con personas que piensan diferente es una forma de resistencia crucial para generar colaboración y resiliencia.

“La idea de invitar gente a nuestra casa nos gusta porque nos hace ser más tolerantes con ideas políticas que a veces no entendemos, y que a veces me parecen locas, pero somos respetuosos porque llegamos a conocer mejor a las personas y la pasamos bien con ellos”, comentó McGeever. “Claro que, si alguien hace un comentario racista en mi casa, no me quedo callada; también comparto lo que pienso”.


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Socializar y comer juntos nos fortalece

Las relaciones sociales también enriquecen nuestra vida personal, y producen beneficios tangibles para la comunidad. Los vecindarios con mayor densidad de vínculos significativos tienden a ser más seguros, saludables y prósperos. Cuando las personas se sienten conectadas, comparten información útil, se cuidan entre sí y pueden organizarse mejor en momentos difíciles.

La comida tiene el poder especial de derribar muros, ya sean culturales, lingüísticos o sociales. Sin importar de dónde venimos, todos tenemos una relación personal con los sabores, los aromas y los rituales que rodean una mesa. Sentarse a comer juntos nos permite dejar atrás estereotipos y prejuicios, y nos abre la puerta a conversaciones más sinceras, donde el entendimiento puede florecer. Es ahí donde nace la empatía, donde nos damos cuenta de todo lo que tenemos en común, más allá de las diferencias.

Frente al aislamiento y la desconfianza, compartir nuestra mesa puede convertirse en una forma de resistencia cotidiana. No necesita ser algo elaborado, ya que puede ser un café y pan dulce con la vecina, una comida sencilla entre colegas o, ¿por qué no?, un pozole como el de Guille.

Usemos nuestra mesa como mecanismo de cambio, porque cuando hay comida de por medio, el corazón se abre y la comunidad se hace más fuerte.

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Arte: Daniel Robles


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