“Estás insoportable, con tu vestido rojo”…

Arte: Daniel Robles

A propósito del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, leí una nota en el periódico sonorense El Imparcial sobre las cinco mujeres mexicanas que han dejado huella en la historia, según ChatGPT.

En esta fecha, que no es para celebrar ni andar felicitándose, se recuerda y destaca la lucha de las mujeres por el respeto y la igualdad de sus derechos, y por los beneficios que se han obtenido a través de sus luchas.

La nota del diario sonorense menciona a Frida Kahlo, Sor Juana Inés de la Cruz, Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario y Elena Poniatowska; mujeres de épocas, educación, identidad y causas distintas, que bien merecen ser recordadas.

Arte: Daniel Robles

☕ Café

Aunque, en el ámbito personal de cada uno de nosotros y nosotras, siempre habrá mujeres que han enfrentado sus propias luchas y que se han ganado el reconocimiento y la permanencia en nuestros recuerdos.

Entre las primeras mujeres que recuerdo, que han tenido sus luchas en su diario vivir y que han dejado una huella en mi vida, hay una que conocí primero de palabra, a través de sus sobrinas, que hablaban de su tía que vivía “en México”, como antes –y ahora- los mexicanos nos referimos a la capital del país, aunque también le decíamos De Efe y Ciudad de México.

Comenzaré mencionándola como lo haría la canción de José María Napoleón, “Ella se llamaba Martha”; era una señora joven que se aventaba el tiro de viajar en autobús con su familia para visitar durante las vacaciones de verano a la familia de su esposo, hasta el noroeste del país.

Su estilo de vida era modesto y era admirable ver cómo acudían al salón de belleza, ella y sus niñas, para llegar bien arregladitas a convivir unas semanas con la familia que las recibía con la alfombra roja y las despedía, como decimos acá, “poniéndoles las cruces”. La verdad, sus peinados de salón llegaban prácticamente con un recuerdo. Pero daba ternura ver su esfuerzo.


🌵 Cactus

Estaba casada con un médico de provincia que regresaba como el hijo pródigo, por quien sus padres sacrificaron los estudios de sus hermanos para darle sustento en una ciudad lejana esperando cambiarle la fortuna y que, a su vez, él cambiara la de ellos…

Cuando llegaba, a Martha le gustaba organizar su bienvenida con música y baile en la pequeña sala de una casa de colonia popular. Apenas llegaba, su piel blanca comenzaba a ponerse roja, a sudar y a arder conforme pasaban los días. Ella se arremangaba hasta las camisetas para agarrar color.

Diariamente se enfrentaba al clima desértico que empeoraba cada verano que se acercaba a desafiarlo; esto no le impedía sacar el disco de acetato que amenizó sus visitas anuales, aderezadas con su alegría y su gran corazón que alcanzaba para todos los sobrinos y para la vecinita a la que invitaba a vencer su timidez, por medio del baile.

Cada año era lo mismo. Anda, me decía, Ven a bailar.

Hasta hace poco he pensado que el tema que tanto le gustaba bailar “como en México” estaba contemplado para combinar con una bata para dormir que pedía prestada a sus cuñadas.

Estás insoportable, con tu vestido rojo… Decía la canción de aquel disco que giraba y giraba en la consola de madera y terciopelo que reinaba en la sala de la vivienda.

Alegre y con su brazo estirado, cubierto con leche de magnesia para las quemaduras de la piel, nos hacía girar para acompañarla en su fiesta informal.


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🟧 Opinión

La última vez que la vi, no me reconoció; caminaba por una calle, molesta, hablando consigo o ‘rezongando’, mientras jalaba del bracito al hijo que ya nació en esta desértica ciudad. Su paso era veloz comparado con la longitud de las piernas del niño, que casi volaba para ir a su paso, pero el llanto lo limitaba.

Con el paso del tiempo, las vecinitas se mudaron y supe poco de la tía; la información que obtuve fue que accedió a mudarse a Sonora para que su esposo cumpliera con las promesas no escritas, con el contrato sin letras de ningún tamaño adquirido con sus padres.

Él ejercería aquí para compensar el sacrificio de la familia que lo veía como a un Dios; ella dejó a sus padres, hermanos, amigos y cotidianidad, para ocupar una casa de renta, emplearse en un supermercado y vivir sí o sí, diariamente, el calorcito que le resultaba atractivo los -alrededor de- diez días que nos visitaba en el verano.

El doctor, el hijo pródigo, no cumplió con su compromiso familiar y la dejó varada en un mar de problemas y de deudas con más hijos de los que trajo ‘de México’. Sus días alegres y de ponerle al mal tiempo buena cara, se terminaron cuando llegó una enfermedad terminal que acabó pronto con ella, dejando a su prole en la orfandad.

Años, muchos años, después, volví a saber de lo que quedaba de esa familia, hijas e hijos adultos, viviendo como si hubieran nacido en la aridez, en el sol quemante, en las temperaturas sofocantes, con una casita heredada por su madre, quien se fue del plano terrenal sin dejarlos solos. Los dejó acompañados entre ellos.


🎷 Refill

Para ella y las mujeres que se parten la espalda por los hijos, por su presente, su porvenir y para ser un ejemplo y buen recuerdo de las futuras generaciones, mi reconocimiento, admiración y sororidad.

Tal vez con el tiempo y las dificultades que pasó ella en Sonora, no volvió a acordarse de la niña tímida que hacía bailar, pero esta es la canción (de 1977) con la que yo siempre (siempre-siempre) que la escucho (en cualquier versión) digo… ¡Ay, la Martha!

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Arte: Daniel Robles

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Autor(a)

Judith León es reportera y editora originaria de Hermosillo, Sonora, México .
Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Sonora y está diplomada en Periodismo Digital por el Instituto Tecnológico de Hermosillo y por la Universidad Kino.
Forma parte del equipo ganador del Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría de Cobertura Noticiosa.
Escribe narrativa, tiene obra publicada en varias compilaciones y es coautora del libro De ladrillo, concreto y asfalto, del Colegio de Ingenieros Civiles de Sonora.