Las fotos de mi vida, las imágenes de mis recuerdos

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Arte: Daniel Robles

Esta semana, la encuesta del resumen de noticias Ponte al Día, de Conecta Arizona, preguntaba sobre el resumen gráfico de nuestras vidas. Me pareció un tema apropiado para relajar los pensamientos, después de la tensión por las noticias de redadas, manifestaciones y situaciones de tensión para los migrantes hispanos en riesgo de ser deportados de Estados Unidos.

No estoy allá, pero, como a muchas personas, es un tema que preocupa y provoca malestar. Así que, reflexionando sobre el tema de la encuesta, comencé a hacer mentalmente el álbum o carpeta de lo que serían las fotografías de mi vida.

Para empezar, pensé en todas las fotos que tengo físicamente, que tal vez sean menos de las que están digitalizadas. Obviamente incluiría fotos de mi familia, de todos mis cumpleaños. Hubo un tiempo en el que tuve algo así como pánico escénico y cierto estrés (continúa en lo que se refiere a las llamadas telefónicas en esa fecha), pero no sé cómo se me acomodó el chip y ahora ¡me encanta celebrar mis cumpleaños!

Además de esas imágenes, en las que aparecen y desaparecen amigos y seres queridos con el paso implacable del tiempo, también incluiría fotos de mis familiares, de los más entrañables, de quienes ya no están. De mis abuelos, de mis tíos, ¡fotos con mis mascotas!: un perro, cuatro perritas y una gatita, todos, receptores de mi amor incondicional. Con esas imágenes acompañaría anécdotas, canciones, aromas, risas, juegos. También incluiría la foto con “el gallo bravo de mi nana”, protagonista del primer recuerdo de mi vida, cuando usaba andadera para aprender a caminar sola.

Arte: Daniel Robles

Café

Con este ejercicio recordé una foto que desapareció en alguna mudanza: en mi niñez visitábamos un ranchito, jugaba con mis primitos, corriendo libre, en la tierra, sintiendo el viento en la cara, comiendo fruta directamente de los árboles, chapoteando en un canal, viendo las estrellas y la luna, disfrutando la vida de una forma que muchos niños y adultos tal vez no hayan conocido.

También recordé que como “toda florecita de pavimento”, el lunes yo no iba a la escuela, ¡porque tenían que llevarme al pediatra!, pues casi siempre me enfermaba, pero en ninguna ocasión me negué a repetir esas experiencias.

Volvamos a la foto que desapareció. Era de mañana, pienso que muy temprano porque el sol nos encandilaba de frente; nuestras caras miraban hacia el oriente, se sugirió tomar la foto en esa posición para que recibiéramos la luz natural y no se usara el flash (seguramente no teníamos magi-cubos para la camarita Kodak).

Éramos muchos primos, niños y adultos, alguien tenía un bebé en los brazos (perdón, por los detalles, suelo tener buena memoria). Me parece escuchar las risas, algunas voces: “Apúrate, está muy fuerte el sol”; “A ver cuándo, ya me cansé”; “Ya no se muevan”. El objetivo era que nos captaran en una imagen con las espigas del trigo atrás de nosotros; altas, bellas, meciéndose con el viento. Seguramente picando a quienes estaban más cerca de esa siembra.

Esa fotografía, ahora desaparecida, la vi alguna vez en esa casa donde nos recibían con amor, donde los niños de la ciudad conocíamos la libertad, admirábamos a los niños que ‘buceaban’ en el sifón (una pila con mucha profundidad donde iniciaba el canal, que ahora pienso que era de riego, no para que los chamacos jugáramos dejándonos llevar por la corriente), y algunos -a veces- se ponían histéricos creyendo que los perros peludos eran vacas.

Sí, sin duda, esa sería una de las fotos más importantes en el libro de mi vida, por todo el contexto que ha tenido. También incluiría algunas de las pocas fotos que tengo con mi papá, las fotos de mi mamá cortándome el cabello, otra donde me tiene sentada en sus piernas mientras estoy llorando, cansada, después de una fiesta de cumpleaños.

Incluiría un collage con fotos de mis amigos, de viajes y paseos compartidos, de intrépidas sesiones que quizás ahora no repetiría, como algunas caminando muy cerca del precipicio en el Cerro de la Campana; de viajes estudiantiles, de situaciones y lugares que fueron cotidianos y que, al paso de los años, resultan tan distintos.


Cactus

A propósito. Esta semana fui a la escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Sonora, mi alma mater; la recorrí en dos tiempos, el pasado y el actual, tomé fotografías de los lugares donde compartía mis horas libres con mis amigos, con maestros, con personas que observaba en su ir y venir, ¡qué cambiado está todo! Sé que en algún momento pondré de frente las fotos de aquella época con las que capté recientemente.

En ese espacio, recordé, oí y olí el pasado, casi tres décadas; volví a abrazar a María, la mujer que acompañó a mi generación en las áreas comunes, que nos preparaba coctel de elote, ella sabía que el mío era sin mantequilla y con mucho queso, dice que sí se acuerda de mí. Su voz está igualita, los años no han pasado por ella, espero que por mí tampoco…


Opinión

Ella fue el detonante para completar el álbum con las fotos de mi vida, con las que abracé recuerdos, personas, momentos, por los que me siento agradecida y feliz. ¿Cuántas veces has hecho este ejercicio? Te lo recomiendo.

Estoy recordando que, en el último semestre de la carrera universitaria, uno de mis compañeros dijo que yo no imaginaba cuántas veces fui un apoyo en sus momentos difíciles, con mis chistes y ocurrencias, y así pasa en el acontecer de nuestras vidas, hay personas que no se dan cuenta de lo importantes que son para nosotros, que no tienen idea de la luz que son en nuestras vidas, muchas veces, aunque ya no estén o pese a que nuestras rutinas hayan cambiado y nos veamos poco.

Por último, dedico este texto a ‘la María’, a las personas que han dejado una huella de su paso por mi vida, y a mis primitos que ya crecieron y a quienes no veo con la frecuencia que quisiera, pero que han sido mis hermanitos de vida y de aventuras, ¡y a quienes cuento en orden ascendente y descendente, con sus hijos y sus nietos, cuando no puedo dormir! Los TQM.

Repasen sus vidas, sus momentos, sus recuerdos, sus amores, y quédense con esas imágenes, fuertes y poderosas.

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Arte: Daniel Robles

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Autor(a)

Judith León es reportera y editora originaria de Hermosillo, Sonora, México .
Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Sonora y está diplomada en Periodismo Digital por el Instituto Tecnológico de Hermosillo y por la Universidad Kino.
Forma parte del equipo ganador del Premio Nacional de Periodismo 2014 en la categoría de Cobertura Noticiosa.
Escribe narrativa, tiene obra publicada en varias compilaciones y es coautora del libro De ladrillo, concreto y asfalto, del Colegio de Ingenieros Civiles de Sonora.