Propósitos para un nuevo año: la que se mueve no sale en ‘la foto’

Feliz Año Nuevo, queridos lectores de este espacio. Al terminar el año o iniciarlo, es inevitable pensar en hacer propósitos, ¿cuáles son realistas?, ¿cuáles sí estaré en posibilidad de cumplir?, porque ya me conozco. Tengo arranque de caballo y parada de burro, dicen. Por ejemplo: ya tengo tenis nuevos, pero sé que eso no es suficiente…
Café
Conversando con mis amigas, los temas han ido variando con el paso de los años; ahora nos ponemos un poco serias y solemnes y nos recomendamos médicos, suplementos, tratamientos y masajes faciales, entre otras curiosidades.
Entre los propósitos de año que (pienso) todas las personas deberíamos de tener, es atender nuestra salud en todos los sentidos, física y mental, y no sacarle la vuelta a algunas consultas y procedimientos que no son muy motivantes, pero que salvan vidas. Me explico.
Esta información me quedó muy presente: En México, el cáncer de mama es la primera causa de muerte por tumor maligno. En 2023, de los 89 mil fallecimientos registrados, 8 mil 034 fueron por esta enfermedad y, de esta cifra, la distribución fue de 7 mil 992 decesos en mujeres y 42 en hombres, según la Asociación Mexicana de Lucha Contra el Cáncer, en octubre de 2024. La prevención y concientización para detectar o descartar cualquier padecimiento es muy importante, pero nos hacemos expertos en sacarle la vuelta a este trámite.
Un término que también ha llamado mi atención, o un sinónimo, digamos, es que -ahora- la llaman mastografía. Ha cambiado de nombre; las mujeres más jóvenes o los profesionales de la salud ya no le llaman mamografía, aunque sea el mismo procedimiento para detectar cáncer de mama. Cambian los costos, los centros para realizar este estudio médico y los colores de las batitas que -a veces- son desechables. Lo que no cambia es el temor de acudir a la cita, “anual”.

Cactus
Me la habían platicado como una alarmante herramienta de tortura: ¡La inventó un hombre! ¡Empastíllate antes de ir! ¡Uy, no; de segurito lloras! Esas eran algunas de las expresiones -con rostro y voces- en las que pensaba mientras esperaba mi turno para que me dieran una tabla y el formulario en el que debía informar sobre mi historial familiar. Sí, sí, sí; no, no, no, espacio en blanco, sí, sí, no, sí… Mi madre, mi hermana, mi hija, mi abuela, mi padre, yo… La herencia, el cáncer, la posibilidad.
Así es como se iba materializando mi información genética en la antesala para mi primera mamografía. Ese es el camino que seguimos casi todas las mujeres en determinado momento, porque, aunque se diga que hay una edad, acudimos cuando nos lo permite el temor, la desidia, el pudor, la economía, el tiempo y el valor.
No importa tu herencia familiar en cuestión de salud ni tu nivel de estudios; tampoco importa si tienes con qué pagarla. Vamos cuando creemos que es el momento; aunque tu mejor amiga se ofrezca a acompañarte para darte valor; o tu hijo quiera ser tu apoyo moral.
Opinión
El mito de la compresión, ¡o del aplastamiento!, es muy fuerte. Lo enfrentas, aunque veas un lugar muy limpio, una batita desechable muy mona que tienes que usar con la parte abierta por delante, y la sonrisa de la persona que te la hará,.. cuando te explica que es muy sencillo y que ‘serán cuatro clics’, dos por cada lado.
El primer trago gordo es cuando “te acomodan” en la máquina de color rosita-octubre-mes-de-la-lucha-contra-el-cáncer, con algo que parece acrílico transparente. Yo cerraba los ojos mientras pensaba ¡qué está pasando! Pero sabía muy bien (una parte de mí sabía y sentía) qué estaba pasando, ahí.
No sólo es la compresión, es también el fantasma de la radiación (del aparato) del que nada te explican, y si no lo sabes, lo sospechas porque la persona que orquesta todo el procedimiento está cubierta con su chaleco protector; es también el jaloneo (por más sutil que lo hagan), la impresión de darte cuenta o de hacer conscientes los pliegues de tu cuerpo, y de pensar si será lo mismo si tienes ‘bubi’ chica o ‘bubi’ grande.
En mi caso, pensaba en la persona que me recomendó ese lugar: “Voy ahí porque no me lastiman”, me explicaba mientras agarraba con sus manos su par de implantes… ¿Se sentirá lo mismo que te estén aplastando un silicón que la grasita natural de tu cuerpo? ¿Cuál será más delicadito o sensible?
Sin moverme, evitando incluso hasta respirar, sonriendo, con los ojos cerrados, sudor en las manos, en los pies, en las axilas y… y con la actitud más relajada que podía actuar, vi pasar los cuatro clics. En algún momento quise correr, pero era imposible que saliera huyendo, tampoco lo intenté. Me tenían muy bien agarrada.
Suspiré aliviada; pero ¿el calor, el frío, el movimiento, la respiración?, algo no dejaba que “se vea bien”, y me aventé cuatro tiros más, con sus dos clics por cada lado. Sin moverme, sin respirar, casi sin fuerza; terminé pidiendo un break para quitarme los zapatos y agarrarme del suelo hasta con los dedos, como cuando practicas yoga.
Tal vez tenga que ver con la tolerancia al dolor, pero la mamografía no duele. Definitivamente no es lo mejor que me ha pasado; no es ¡ay, que padre!, pero no duele. Incómoda sí es. Quizás el proceso habría sido más fácil si hubiera llevado menos información urbana, menos testimonios, menos ruido en la cabeza, y más empatía con mi cuerpo y con mi género.
El refill
Tal vez lo describo así por el resultado a mi favor: negativo, ¡amo el negativo! Pero en cuanto a este procedimiento, espero que el tiempo pase lento para regresar, ya que ese frío que atraviesa nuestro cuerpo, estoy segura que sí es mucho de “lo que callamos las mujeres”.
Por cierto, ¿cuáles son tus propósitos de año? ¿Tú sí los cumples?
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