¿Un cheque en blanco?

¿Qué tan devastadora tiene que ser una administración para que, en menos de dos años, el pueblo le dé la espalda? ¿Qué tan polémico tiene que ser un presidente para que incluso en los estados donde dominaba su ideología decidan pasar página? ¿Qué tan harta tiene que estar una comunidad para volcarse en contra del statu quo? ¿Qué tan viciado tiene que estar un sistema que incluso el partido escriba su propio obituario?
Eso fue, quizá, lo que pasó en las elecciones de medio término en Estados Unidos este martes. El Partido Demócrata arrasó, no por sus promesas ni por su confrontación, sino por la mera esperanza de que algo le devuelva el sentido común a un país que se ha convertido también, en cierta manera, en la burla del mundo.
No estoy segura de que sea una cuestión de ideología. Creo, más bien, que fue un despertar obligado. En esta ocasión, los votantes independientes, que son la mayoría al menos en Arizona, decidieron alinearse con el Partido Demócrata para crear un frente común contra Donald Trump y el movimiento MAGA.
Pero esto no es un cheque en blanco.
El Partido Demócrata, que históricamente ha prometido más de lo que puede cumplir, tendrá que sostener este esfuerzo si quiere conservar el liderazgo en las elecciones presidenciales de 2028. Sí, es la madrugada del día siguiente de las elecciones intermedias y ya estamos pensando en noviembre de dentro de dos años. Porque así es este país: siempre en campaña. Hay demasiado en juego.

Más allá del virtual triunfo arrasador de los demócratas, como lo fue el de los republicanos hace dos años, lo que a mí me emocionó de verdad fue la participación ciudadana. Pasé meses trabajando en una cobertura electoral que culminó con una jornada de más de 16 horas en las casillas, en las calles, con esos jóvenes que votaron por primera vez. También con los otros, los no sabo kids, que llevaron sus boletas a los centros de votación con la intención de que ese solo papel contara las voces de cinco, seis, siete miembros de su familia que, a lo mejor, nunca tendrán la posibilidad de votar.
Me emocionó ver más esperanza que hartazgo; me consoló ver todos esos stickers de ¡Ya voté! en lugares icónicos que nos recuerdan lo que ha sido el ataque incansable contra los migrantes en Estados Unidos. En estos dos años, un asalto mortal que nos ha arrancado de todo, menos la dignidad.
Pero me pregunto qué hará el Partido Demócrata con tanto poder. Históricamente, quienes han tenido el control del Senado y la Cámara de Representantes de Estados Unidos, o la gubernatura y las dos cámaras de la Legislatura de Arizona, se han engolosinado. Y es justo esa ambición la que termina enfadando al electorado, que en el siguiente ciclo busca la alternancia.
¿Será que en esta ocasión el capital político se gastará en una reforma migratoria? ¿O, a lo mejor, en una vida más digna para quienes se quedaron con el bolsillo vacío y sin techo? ¿Será que por fin dejaremos de ser esos títeres, esa pelota en el aire, esa moneda que nunca termina de caer, y nos tratarán como seres humanos? ¿O seremos otra vez un estandarte de campaña durante los próximos dos años? Porque, supongo, si lo resuelven todo en este periodo, ¿quién les asegura que los reelijan para el siguiente?
Tengo muchas preguntas y también soy muy escéptica. He visto demasiado. Quizá he perdido la fe en la política, pero no la pierdo en el pueblo, ese que se levanta, que critica, que señala, que saca fuerzas, que, cuando cambia de opinión, lo hace notar. Yo creo que aquí no hay un triunfo de partidos. Hay un triunfo de una comunidad que se ha organizado a pie.

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Plumas invitadas de Conecta Arizona

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